PENSAMIENTO PRIMERO
¿Alguien sabe del sufrimiento que se experimenta cuando ves a la persona a la que quieres en manos de otro? ¿De la sensación de enfermedad que uno siente cuando lees las palabras apasionadas que escribe? Se trata de una fiebre espantosa, una negra nube de ira, un deseo de destrucción, de desaparecer de la faz de la Tierra, de hacer desaparecer al otro... ¡El otro! ¿Quién es el otro? ¿Qué es lo que tiene que yo no? ¿Por qué él tiene su amor? ¡Él, qué quizá ni sabe que lo tiene! ¿Acaso no soy yo más digno de merecerlo? Yo, que la quiero tanto. Simplemente eso. LA QUIERO. No necesito palabras rimbombantes, no necesito un “te amo” destinado a convertirse en niebla. Simplemente es un deseo de estar con ella, de hacerla reír, de hacerla feliz con los pequeños gestos del día a día. El amor no es una historia de héroes; es una historia de personas normales que hacen cosas normales, y que crean una vida feliz. No tengo más sueño que una palabra amable, que su sonrisa, que una mirada alegre en una mañana triste. Ver su rostro iluminado por una sonrisa, todos los días, tenerla a mi lado y sentir su cercanía... Es todo cuanto necesito. Y es todo cuanto me es negado. Parece un deseo sencillo, pero... Tengo la certeza de que nunca me mirará con ojos enamorados, de que jamás su risa será para mí, que su abrazo nunca será acogido por mis brazos.
Hace frío. La siento lejos. Siento que su alma pertenece toda entera al otro, y que no hago más que golpear teclas de manera estúpida. Que estos momentos no sirven para nada, y que ella no me quiere. Que apenas ve en mí a un pobre idiota que se pasa la vida alelado, y que es digno de lástima y conmiseración. Y tener el miedo de que tenga razón... y la seguridad de que no seremos jamás el uno del otro... Genera una náusea infinita, una desazón terrible que se vierte en una vorágine de ira, de humillación, de pena.
No hay comentarios:
Publicar un comentario